Expectativas, deseos y destino

No debemos dejar que las expectativas o los deseos de los demás determinen nuestro destino

Una bonita frase, preciosa, que deberíamos grabarnos en la mente; pero qué difícil de llevar a cabo…

Porque llevarla a cabo supone pensar y decidir por sí mismo, salir de la zona de confort, enfrentarse —en muchos casos— a esos otros que quieren marcar nuestros destinos en función de sus expectativas.

Y seguramente lo hacen con la mejor de las intenciones, no hay que dudarlo, pero de acuerdo con sus parámetros, experiencias y pensamientos. De acuerdo con su programación mental.

Pero cada uno de nosotros somos únicos. Tenemos nuestra propia vida, nuestras propias experiencias —nuestra propia programación mental—, y en función de todo ello tomamos decisiones, intentamos vivir.

A pesar de ello, muchas veces no vivimos nuestra propia vida, sino la que, fruto de esa programación, de esa presión ambiental (cultural, familiar, de amistad), hacemos más caso a las expectativas que otros tienen sobre nosotros mismos más que a lo que deseamos hacer. No hacemos ‘lo que nos pide el cuerpo’, sino que intentamos complacer las expectativas e ilusiones de otros.

No vivimos nuestra vida, sino la que a otros les gustaría que viviéramos.

Vivir la vida propia supone romper con esas expectativas, enfrentarse a los demás, e incluso a sí mismo, a los miedos propios. Pensar por uno mismo, y actuar en consecuencia.

Y qué difícil es pensar por uno mismo… que difícil enfrentarse a la programación mental, a lo que los demás, la sociedad en su conjunto, espera de nosotros, desea para nosotros.

Cuánto más fácil es dejarse llevar, no pensar, no decidir, no actuar.

Que es lo que hace la inmensa mayoría de la gente. No pensar, no cuestionar, dejar pasar la vida, esperar la jubilación tras unos años de trabajo más o menos gratificantes; y sentirse frustrados, vacíos, hueros, yecos… porque su vida no ha representado nada, ni para sí mismo ni para los demás. Depresión, soledad interna, vacío. Aburrimiento y deseo de que todo acabe.

¿Qué expectativas tienen los demás —familia, amigos, la sociedad en su conjunto—, sobre uno? ¿Están esas expectativas alineadas con los objetivos vitales?

Claro que, para eso, lo primero es tener un objetivo en la vida… además de vivirla y dejarla pasar esperando el fin…

También es cierto que marcarse un objetivo supone pensar por uno mismo, y, como consecuencia, actuar. Contra todo y contra todos, si fuera necesario. ¿Quién está dispuesto a semejante lucha?

¿Qué destino nos espera si no somos fieles a nuestras propias expectativas?