Aprende como si fueras a vivir siempre

Aprende como si fueras a vivir siempre

El título de este post no es sino la segunda parte de una frase atribuida Mahatma Gandhi —y no dudo que sea suya… — que en su totalidad reza: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre“.

Es tal el impacto que me causó que no dudé en, inmediatamente, cambiar mi ‘bio’ en Twitter para colocarla ahí. Y si no he querido ponerla al completo como título de esta reflexión es porque eso de morir a todos provoca un cierto ‘yuyu’; es algo que nadie quiere y, aún inevitable, no nos gusta pensar en ello.

Así que de entrada, me quedo con la segunda parte: “Aprende como si fueras a vivir siempre“. Frase que tiene una indudable relación con aquel otro dicho que seguro que conoces, que nos dice que un día en el que no hemos aprendido nada es un día perdido.

Tengo la gran fortuna de dedicarme a una actividad en la que el aprendizaje no ya solo es continuo sino absolutamente imprescindible. El mundo del marketing digital es tan cambiante que cada día aparecen nuevas herramientas, cambian las que ya usamos y continuamente surgen nuevos estudios que nos dan pistas sobre cómo mejorar el trabajo que hacemos.

Puede parecer pesado… puede parecer estresante… puede parecer agotador… y puede que se den todas esas circunstancias si ese estudio y aprendizaje permanente te parece que es así. Como lo fue para mi durante muchos años. Estaba ya aburrido, incluso casi asqueado, de esa necesidad de reciclaje continuo, de estar a la última, de saberlo todo de todo. Un estrés de vida. Una vida llena de estés.

No obstante, tengo la suerte —no se si por naturaleza o por educación— de ser una persona tremendamente curiosa; todo me interesa, pregunto sobre todo, y casi todo llama mi atención y deseos de saber más.

Por eso, el día que me di cuenta que el aprendizaje que profesionalmente necesitaba me estaba estresando, decidí que no podía seguir así. Decidí cambiar mi actitud y entender ese aprendizaje continuo como una bendición, como algo que no solo me beneficia profesionalmente sino que, además, me hace crecer como persona.

Y cuando crecemos como personas no solo somos mejores nosotros mismos, sino que hacemos mejor nuestro entorno, hacemos que éste crezca al unísono.  No es algo que nos afecta solo a nosotros, sino también a quienes nos rodean.

No me refiero a aprender algo útil desde el punto de vista profesional —que también—, sino al mero hecho de aprender; tanto puede ser una nueva técnica de marketing, como una forma de hacer el nudo de la corbata o un truco para que las anchoas en aceite se conserven más tiempo y con mejor sabor.

Lo importante es la actitud del aprendizaje continuo. Vencer la resistencia de nuestro cerebro reptiliano —la parte de nuestro cerebro que tiene como función la supervivencia, lo que le lleva a intentar que el gasto energético del cerebro sea el mínimo posible—. Decidir, y llevar a la práctica, que queremos crecer, que queremos hacer de nuestra vida algo útil, tanto para nosotros mismos como para los demás.

Esto engarza con una de las grandes preguntas que se ha hecho el ser humano desde que tiene consciencia de ser ‘algo’ diferente del resto de las especies que pueblan la tierra, y que dicho en forma coloquial puedo expresar como ¿para qué diablos estamos aquí?. Entendido ese ‘aquí’ como la tierra, la vida, nuestra propia existencia.

La respuesta que me aplico, que no es mía, sino leída por ahí, y que asumo en su totalidad y complejidad, es para hacer mejor la vida de los demás. Solo pensando así, asumiendo este hecho, es cuando encontramos un verdadero sentido a nuestra presencia terrenal.

¿Y qué mejor forma que aprendiendo de forma continua y ofreciendo nuestro aprendizaje y experiencia a los demás para su propio beneficio y crecimiento?

De forma y manera que el hecho de estar en un aprendizaje continuo no ya solo nos ayuda a crecer a nosotros mismos, no solo es algo satisfactorio —enormemente satisfactorio—, no solo es algo lúdico, sino que se convierte en un importante factor de crecimiento para los que nos rodean, para toda la humanidad.

Hacerlo con la creencia de que no hay plazos, de que no hay límites, nos ayuda a no preocuparnos sobre el qué, el cómo y el cuándo. Es centrarse en el mero hecho del aprendizaje. Es sentirse enormemente vivo, activo y útil. Es vivir en plenitud.

No se si ‘la curiosidad mató al gato’, dicho nefasto que habría que borrar de nuestra experiencia y lenguaje… Sí se que quienes mantienen una mente activa, con curiosidad permanente, aprendiendo sin descanso, viven más y mejor. Mira a tu alrededor y dime si es así o estoy equivocado…

Si has llegado hasta aquí es porque tenías curiosidad… y eso es bueno. Y yo ahora tengo curiosidad por saber qué opinas de esta reflexión nocturna; te invito a que me lo digas en los comentarios.

¡Comenta y comparte sin miedo! 🙂

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